PROGRAMA III

Primera Temporada 2019

ORQUESTA FILARMÓNICA DE
BOCA DEL RÍO

 

Jorge Mester Director Artístico

Viernes 22 de febrero, 20:00 horas.
Foro Boca

PROGRAMA III

Wolfgang A. Mozart
Sinfonía No. 34 en Do mayor, K. 338
-Allegro vivace
-Andante di molto (più tosto Allegretto)
-Finale: Allegro vivace

Duración aproximada: 25 minutos

INTERMEDIO

Gustav Mahler
Sinfonía No. 1, en Re mayor, «Titán»
-Langsam, schleppend. Wie ein Naturlaut (Lento, pausado. Como sonido surgido de la Naturaleza)
-Kräftig bewegt, doch nicht zu schnell (Vigoroso, pero no demasiado)
-Feierlich und gemessen, ohne zu schleppen (Solemne y mesurado; no demasiado áspero)
-Stürmisch bewegt (Tempestuosamente agitado)

Duración aproximada: 52 minutos

Jorge Mester, Director Arttístico

Jorge Mester

Jorge Mester Director artístico de la Orquesta Filarmónica de Boca del Río

El maestro mexicano Jorge Mester es reconocido internacionalmente como un director de primer nivel, respetado por la excelencia y prominencia que aporta a toda organización que dirige.
En julio de 2006, fue invitado a regresar como Director Musical de la Orquesta de Louisville, cargo que ocupó con anterioridad durante doce años (1967-1979). Ha sido Director Musical de la Sinfónica de Pasadena durante veinticinco años (1985-2010) y Director Musical de la Filarmónica de Naples (2004-2012).
Mester es también Director Laureado del prestigioso Festival de Música de Aspen, que encabezó como Director Musical durante veintiún años a partir de 1970-1991. Como académico, se desempeñó como director del Departamento de Dirección de la Juilliard School, en Nueva York, durante la década de 1980. Fue Director Titular de la Orquesta Sinfónica de West Australia, en Perth, y Director Principal invitado tanto de la Adelaide Symphony como de la St. Paul Chamber Orchestra. Fue Director Artístico de la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México entre 1998 y 2002. Anteriormente, como Director Musical impuso su sello único en el Festival Casals de Puerto Rico.
Como director invitado se ha presentado al frente de la Boston Symphony Orchestra, Philadelphia Orchestra, Royal Philharmonic Orchestra de Londres, New York City Opera, Orquesta Sinfónica de Ciudad del Cabo, Orquesta de Cámara de Lausana (Suiza), Ópera de Sídney, Festival de Spoleto y la Washington Opera, por mencionar solo algunas.
En 1985 recibió el prestigioso Premio Ditson de dirección orquestal, que otorga la Universidad de Columbia por el impulso a la música americana. Otros ganadores de los premios Ditson incluyen a Leonard Bernstein, Eugene Ormandy y Leopold Stokowski.
Ha sido profesor de varias generaciones de directores, incluyendo a James Conlon, Dennis Russell Davies, Andreas Delfs, JoAnn Falletta y John Nelson. Además, ha impulsado desde el inicio de sus carreras a artistas que hoy cuentan con un sólido prestigio internacional como Midori, Renée Fleming, Nadja Salerno-Sonnenberg, Cho-Liang Lin y Robert McDuffie.
Como reconocimiento a su elogiable labor y notable trayectoria, se ha impuesto su nombre a la Sala Principal del Foro Boca.

Notas al programa

Wolfgang A. Mozart

Wolfgang A. Mozart
(1770-1827)


Sinfonía No. 34 en Do mayor, K. 338

En la prodigiosa secuencia creativa de Mozart con respecto de sus sinfonías, es posible detectar un proceso evolutivo en que se define claramente la superación del estilo galante y la consciente exploración de otros horizontes para aplicarlos en este terreno de la composición.
Fue debido a ello que Leopold Mozart, su padre, manifestó desde el año 1770 una seria preocupación e intentó ocultar al público algunas partituras escritas por su hijo, con el argumento de que nadie comprendería los conceptos presentados en ellas y que la madurez emocional del joven Wolfgang Amadeus habría de darle la razón en años subsiguientes. Pero aquella evolución estilística nunca se detuvo; la espontaneidad de ideas y el fluir de las mismas a lo largo de los movimientos de sus sinfonías se combinaron con un delicado equilibrio contrapuntístico, producto del aprecio y relación estrecha de Mozart con la obra de Haendel y Bach.
Hacia el año 1770, Mozart escribió cinco de sus sinfonías; tres más en 1771, ocho en 1772, cuatro en 1773 y otras tantas en 1774. Esto suma la sorprendente cantidad de 24 sinfonías en un período cercano a los cinco años. Pero en los siguientes 8 años solo dio forma a la sinfonía 31 en Re mayor, denominada «París» y numerada con el Koechel 297, en 1778; la 32 en Sol mayor, K. 318 y la 33 en Si bemol mayor, K. 319, ambas de 1779. La 34 en Do mayor K. 338, fue escrita en el transcurso de 1780, previa a la 35 en Re mayor, la célebre «Haffner», que se terminó en 1782. Es evidente que Mozart mantuvo centrada su atención en otras formas musicales –conciertos, ópera y la música de cámara– después de 1774. Durante el mismo año de la Sinfonía que nos ocupa (1780) creó también la Sonata para órgano y cuerdas K. 336, tres Minuetos K. 363, la Missa Solemnis en Do mayor, K. 337 y «Vesperae solennes de conffesore» K. 339, entre otras obras.
La Sinfonía que nos ocupa, terminada hacia fines de agosto de 1780, es representativa de la transición desde el estilo italiano en tres movimientos hacia la estructura que habría de caracterizar el germano-austriaco, que se conformó en cuatro. De hecho, debemos tomar en cuenta que la formación primaria de la Sinfonía 34 fue en tres fragmentos, pero más tarde el propio compositor añadió una sección escrita en 1782 como segundo movimiento, el Menuetto K. 409. Para esta segunda versión, Mozart añadió dos flautas a la totalidad de la partitura. Esta noche se interpretará la versión original en tres movimientos.

Gustav Mahler

Gustav Mahler
(1833-1897)


Sinfonía número 1, «Titán»

Las abundantes redacciones en torno de la creatividad de Gustav Mahler –fascinante desde cualquier ángulo de visión– hacen hincapié en la circunstancia de que el músico nacido en Bohemia encaraba el asunto de la composición con un inflexible rigor y severo sentido de la autocrítica, aún desde sus años juveniles. Tomemos en cuenta que el oficio de componer fue el que menos se le reconoció en vida, en contraste con su perfil de afamado director de orquesta.
Un acercamiento a su Primera sinfonía nos conduce inevitablemente a los años de niñez y los inicios de su carrera profesional. Terminados sus estudios en Viena, se inició como ayudante de dirección en algunos teatros sin importancia, vivencias que le aportaron la experiencia previa para pasar a las cercanías de Linz y luego lanzarse hacia ciudades como Liubliana, Olmütz y Kassel, hasta obtener un nombramiento en la Ópera de Praga, en donde dio el primer gran paso en el terreno de la dirección orquestal con una formidable ejecución de la Novena sinfonía de Beethoven.
En 1886 dejó Praga para trabajar como ayudante de Arthur Nikisch en la Ópera de Leipzig, desempeño que nunca le satisfizo del todo a pesar de su importancia intrínseca. Sin embargo, la estadía en esta ciudad alemana le permitiría reafirmar sus inquietudes en la composición al entablar una relación amistosa con el nieto del compositor Carl María von Weber (1786-1826), quien le alentó a estudiar los bocetos de una ópera inconclusa que había dejado su abuelo, con el propósito de que completara la obra. Se dice que el joven Mahler abordó aquel proyecto con tal entusiasmo que hasta llegó a descuidar sus tareas como director de orquesta. En febrero de 1888, la ópera Die drei Pintos se estrenó en Leipzig, concluida por la pluma y talento de Mahler.
Es difícil averiguar si el trabajo de Mahler en la ópera de Weber resultó en el estímulo decisivo para sus inquietudes como compositor. Lo cierto es que, hacia aquella época, retomó los borradores de una sinfonía iniciada en 1884 inspirada en la novela El Titán del romántico alemán Jean Paul Richter (1763-1825), obra en la que este literato ubica su ideal sobre la educación del hombre. Pero también se revelaba carácter difícil de Mahler, y una acalorada discusión entre éste y el gerente de la Ópera de Leipzig desembocó en algo que sería común en el desempeño profesional del músico: fue despedido del puesto.
Por fortuna, su eficiencia como director también se establecía firmemente y con apenas 28 años de edad fue nombrado director de la Ópera Real de Budapest. Allí fue donde tuvo la oportunidad de estrenar su Primera sinfonía, la noche del 20 de noviembre de 1889. La obra fue recibida con indiferencia y se dice que hasta hubo algunos abucheos. Ya desde Leipzig, algunos amigos que tuvieron oportunidad de ver la partitura advirtieron que se trataba de música demasiado «moderna» y que más le convendría a Mahler iniciar con algo menos indigesto. Para colmo, había concebido esta obra como un enorme poema sinfónico en dos partes, para el cual redactó un «programa», un curso narrativo que luego desechó. Sin duda uno de los aspectos más discutidos en su época fue su carencia de homogeneidad y la dificultad que experimentaron los escuchas para visualizarla como una obra que guardase una verdadera unidad. El primer movimiento reproduce el inicio beethoveniano de la Novena, la «Sinfonía Coral», un principio nebuloso que no alcanza su entera definición sino hasta bien avanzada la obra. Hay allí los sonidos de la infancia, con toques de corneta de los cuarteles cercanos a –la aldea bohemiana en que nació Mahler–, cantos de cucús y aterciopeladas voces que se combinan con el tema de la canción inicial de Lieder eines fahrenden Gesellen, las «Canciones de un viajero».
El segundo movimiento no es el acostumbrado Adagio. Aquí se presenta ya una atmósfera agitada e inquieta; las primeras señales de aquellos estados tormentosos por los que atraviesan todas las obras de Mahler. El tercer movimiento es quizá el que más desconcertó a los contemporáneos del compositor. Una marcha fúnebre que resulta especialmente inquietante por tratarse de la deformación de la tonada infantil Frère Jacques:

Mahler resuelve la adaptación de manera grotesca y hasta macabra, iniciada por el sonido de los timbales en pianissimo y el solo de contrabajo. A nadie se le había ocurrido iniciar un movimiento con semejantes recursos en forma de canon. Más adelante coloca una danza que es –de acuerdo a la descripción del autor– «la de un humor por momentos irónicamente alegre.» El origen de este concepto parte de un grabado de Jacques Callot (1592-1635) conocido como «El cortejo fúnebre del cazador». La imagen no puede ser más patética: un hombre, precisamente el responsable de la muerte de los animales en el bosque, es conducido por los mismas bestezuelas en impresionante procesión. Ciervos y conejos cuyos rostros muestran extrañas muecas, cargan el cuerpo y atraviesan la escena portando antorchas y estandartes. Búhos, jabalíes y otros más forman una banda con tambores y alientos. El sorpresivo paso hacia el movimiento final es indicativo del curso que habría de tomar su creatividad en las sinfonías subsiguientes. Un fragmento tan dramático como apasionado estructurado por momentos contrastantes; poderosos y agitados unos, líricos y cantabiles los otros. Si bien la fanfarria del primer movimiento se hace presente en este tumultuoso final, ello no puede contemplarse como un intento cíclico o unificador. Es, antes que otra cosa, la reafirmación del hombre sobre su desgracia. Se dice que este fragmento se inspiró en la muerte de su hermano Otto. Los conceptos sonoros presentes en cada uno de los movimientos de esta Sinfonía son mundos difícilmente conciliables entre sí, pero en esto estriba una de las características medulares en la obra de Mahler. La heterogeneidad de ideas es un rasgo que responde precisamente al especial concepto del músico en torno de la forma. Para él, cada sinfonía debía abarcarlo todo y, como lo expresó de viva voz, «significa construir un mundo por todos los medios a mi alcance.» Deryk Cooke, uno de los grandes especialistas en Mahler y a quien se debe el contorno actual de la inconclusa Décima sinfonía, comentó en torno del carácter «esquizofrénico» de su obra, por los brutales contrastes que presentan cada una de las partes que conforman ese «todo». Otros musicólogos añaden que el manejo de los extremos irreconciliables es precisamente la esencia que permite a este creador alcanzar su ideal del logro que una sinfonía sea todo un complejo mundo aparte. Por último, es necesario citar dos detalles en torno de esta obra. Primero, se dice que no fue la primera obra sinfónica de Mahler y que existieron antes de la misma por lo menos cuatro sinfonías de juventud, hoy dadas por perdidas definitivamente. Después, que por un tiempo contó con una estructura de cinco movimientos. El Blumine («Floración») fue incluido después de la primera audición y eliminado más tarde en Hamburgo, en 1893. Actualmente, la discografía ofrece algunos registros –no muchos, en realidad– que le incluyen.

Jorge Vázquez Pacheco.